LEER EN FACULTAD: PROCEDIMIENTOS, TÉCNICAS E
INSTRUMENTOS
La comprensión lectora y el estudio

Néstor
Casanova Berna
Montevideo, febrero del 2000/ marzo de 2001
La motivación principal que ha impulsado la
confección del presente trabajo se funda en la hipótesis que
puede enunciarse de la siguiente forma:
Quizá una de las causas importantes de las
insuficiencias en el rendimiento académico de los estudiantes de
esta Facultad radique en una insuficiencia generalizada en su
competencia para la comprensión lectora.
Dicho esto en un lenguaje más directo y algo
áspero:
Se lee poco (cuantitativa y cualitativamente) y
con insuficiente aprovechamiento.
Ampliando algo la perspectiva teórica podría
entenderse que los problemas que rodean al rendimiento académico
son, a grandes rasgos, agrupables en dos conjuntos. Así, en el
primero tendríamos:
· Insuficiencias en
las aptitudes intelectuales o vocacionales
· Insuficiencias en
los conocimientos previos
· Insuficiencias en
la motivación
Mientras que en el segundo conjunto tendríamos:
· Insuficiencias en
lo que hace específicamente a las técnicas y hábitos de
estudio
Los problemas incluidos en el primer conjunto
desbordan por completo la competencia disciplinar del autor. Sin
negar para nada su importancia, la finalidad específica del
presente trabajo se orienta a plantear un conjunto de sugerencias
de índole instrumental.
En este sentido la hipótesis operacional que
orienta este trabajo es que se buscará ofrecer un
conjunto limitado de instrumentos y técnicas a disposición
libérrima de todo aquel con aptitudes intelectuales (que se
presumen normales) y con dispositivos motivacionales
suficientemente aptos para comprometerse activamente en la vida
universitaria. Con respecto a las presuntas insuficiencias de
conocimientos previos, lo más que puede decirse aquí es que el
conocimiento y la adopción apropiada de técnicas de
comprensión lectora contribuirá a adquirirlos, si es que no se
poseen ya.
La maestra Cecilia Ansalone en un par de artículos
titulados Señorita, no entendí[1],
plantea que la expresión no entendí un texto puede
implicar:
· No entendí algunas palabras clave
del texto, lo que supone una pérdida del significado, un
problema en la decodificación del texto.
· No entendí lo que dice un
texto, lo que implica una pérdida en el seguimiento de la
secuencia de ideas y un problema en la lectura del texto.
· No entendí lo que quiso decir el
autor, lo que supone una falta de participación en las
ideas y es un problema de hermenéutica o exégesis del texto.
Un primer tropiezo en la lectura radica en la
incapacidad de determinar el significado léxico de ciertas
palabras clave.
El uso habitual del diccionario (el de la lengua y
los de léxicos especializados) es una herramienta insustituible,
aunque no la única. Con frecuencia, el mero conocimiento
lexicológico general no alcanza a dar cuenta de
todas las variantes contextuales: la palabra inconsciente,
exclamada por un fervoroso hincha de fútbol indignado por un
alevoso foul tiene un significado específico muy distinto al que
le daría el Dr. Sigmund Freud en sus escritos.
En todo caso, el sentido específico de cada palabra
se va precisando en el entramado sintagmático (en donde el
significado de un sustantivo aparece modulado por un adjetivo,
por ejemplo), así como en la estructura de la oración, en la
disposición del párrafo, y en definitiva, en el texto como un
todo.
Un segundo nivel de dificultades radica en la
incapacidad de reconocer en la lectura una secuencia
coherente de ideas. Lo que se pone a prueba aquí es la
competencia gramatical del lector. Esta competencia gramatical es
la que permite que si en un parque encontramos un cartel con la
inscripción Prohibido pisar el césped, entendamos
que es la expresión condensada de La autoridad de este
parque anuncia que está prohibido que usted pise este
césped. Entendemos el mensaje a partir de la expresión
condensada, porque tanto el emisor como nosotros conocemos el
lenguaje de tal modo que se pueda omitir ciertos elementos, que
si bien son necesarios para la sintaxis, pueden omitirse por su
redundancia u obviedad.
Un tercer nivel de dificultades estriba en reconocer
las ideas principales, o dicho de un modo más preciso, reconocer
la estructura funcional de los elementos de un texto. Hace ya
algún tiempo leí un graffiti que enunciaba: No a los
viejos vinagres. En una primera instancia, entendí que el
autor _ joven de pocos recursos para consumir vinos de calidad _,
expresaba su rechazo haciendo de vinagre un
sustantivo peyorativo del vino de mala calidad,
mientras que el adjetivo viejos daba cuenta de su
hartazgo por su consumo habitual. Pero después vi que la
formulación podía ser interpretada de otra manera si se
decodificaba viejos como personas de edad
(el adjetivo se sustantiva), mientras que vinagres
sería un calificativo (el sustantivo se adjetiva) de los
ancianos antipáticos. En este caso, la ambigüedad es
insalvable: no hay más remedio que preguntarle al autor sobre su
intención.
En otros casos, la ambigüedad de una palabra o,
más específicamente dicho, su polisemia es explotada para la
comunicación. En un graffiti en que se aludía a un conocido
político se enunciaba: Fulano, sos como el áloe: todos
los días te encuentran más propiedades. Para entender y
disfrutar la eficacia del chiste es indispensable reconocer que
propiedades puede entenderse como
aplicaciones (medicamentosas o cosméticas del
producto) o como bienes poseídos (por una persona).
Pero para entender el texto, para dar con su sentido, es
necesario reconocer lo sarcástico de la formulación, vehículo
de lo que el autor quiere comunicar: Presumimos que tu
enriquecimiento es ilícito y lo condenamos moralmente.
Por fin, en un cuarto nivel, allí en donde se
aborda la lectura de un texto cuantitativamente extenso o
cualitativamente más desarrollado, la respuesta efectiva a la
pregunta- desafío ¿Qué dice el texto? implica referir al texto
como un todo con su significado textual. Esta referencia es más
un horizonte que una meta: de hecho, puede reconocerse que hay
lecturas de diferente calidad, pero es bastante arduo, si no
imposible, llevar a cabo una lectura consumada, una lectura
exegética perfecta que agote aquello que un texto dice. Hechas
estas salvedades, es preciso recordar en todo momento que lo
que dice un texto es una función de la totalidad de éste.
Puede entenderse que la función primaria de la
lectura de un texto comprende dos aspectos principales, según
Émile Benveniste:
Lo semiótico (el signo) debe ser reconocido,
lo semántico (el discurso) debe ser comprendido. La
diferencia entre reconocer y comprender remite a dos facultades
mentales distintas: la de percibir la identidad entre lo anterior
y lo actual, por una parte, y la de percibir la significación de
un enunciado nuevo, por otra.[2]
En tanto el texto es una estructura, su dominio
interpretativo puede aplicarse provechosamente en la detección
de funciones diferenciadas en la secuencia. Así, es usual
diferenciar:
· Una introducción o presentación
· Un desarrollo
· Una conclusión o cierre.
De hecho, en todo texto coherente estas tres
funciones siempre están presentes, sea de modo manifiesto u
oculto. Así, un texto abruptamente presentado puede diluir la
función de introducción en el desarrollo; una tesis conclusiva
puede presentarse al principio; un desarrollo puede detenerse y
dejar al lector la tarea reflexiva de concluir, etcétera.
Preguntarse por el sentido del texto supone una
atención diferente a la promovida por la pregunta que interroga
sobre lo que éste dice. Si la atención a lo que el texto dice
se centra en el texto en sí, la atención a su sentido se dirige
a toda una serie de confrontaciones con éste.
Es natural y humano que la primera confrontación se
establezca entre el texto y uno mismo: ¿Qué me dice esto a mí?
El sentido queda configurado por la relación particular que el
lector instaura ( y que determina una perspectiva de lectura),
tanto como la relación que guarda el texto considerado frente al
contexto de conocimientos previos que el lector tenga. La
exploración que el lector hace de su propia situación de
lectura conforma el escenario del sentido particular que el texto
tiene, allí y en ese momento.
Para la conformación de esa situación de lectura
el lector dispone de ciertos instrumentos y de ciertas
actividades. Los instrumentos, rápidamente enumerados son: los
conocimientos previos sobre el texto, su autor, su contenido; las
experiencias personales del lector; el análisis del contexto,
esto es, informaciones sobre el tema tratado, cómo ha sido
abordado por otros autores, etcétera. Las actividades que puede
realizar el lector, aparte de las más usuales como la práctica
de la relectura, la confección de resúmenes o notas, el
subrayado, la lectura comparativa, etcétera, se complementan con
las propuestas por Ansalone.

Más adelante desarrollaremos algunas actividades en
detalle. Aquí nos centraremos en el resultado al que apunta la
interrogación sobre el sentido. En la confrontación del texto
emerge la lectura como producto de la aplicación de los
instrumentos y la realización de actividades. La lectura, en
esta etapa, es la objetivación más o menos claramente
formalizada de una práctica. Los pedagogos formulan esta
objetivación en dos tipos principales de acciones:
· Reconocer las ideas principales.
Ésta es una formulación algo equívoca que implicaría que una
buena lectura diese, necesariamente con las ideas
principales del autor del texto. En todo caso, una aceptable
lectura jerarquizará elementos centrales y periféricos en la
estructura de la lectura en sí.
· Contextualizar. Esto es, situar el
texto en un lugar, en el contexto relativamente más idóneo para
dar cuenta, en definitiva del provecho o del valor de la lectura.
El umbral inevitable que hay que atravesar lo más
raudamente posible es aquel que responde a esta pregunta con un
Me gustó o un No me gustó. El juicio de
gusto, que tan dificultosamente se puede distinguir del puro
prejuicio, parece ser una suerte de horca caudina. En definitiva,
no es otra cosa que la muestra de una aceptación o rechazo
sintético que entorpece más que ayuda a la reflexión crítica.
Si entendemos la elaboración de un texto como una producción
efectiva, esto es, que entendemos la escritura como arte
literario en sentido cabal, la lectura no puede quedar reducida
al mero consumo pasivo que se contenta con la mera emisión de
opciones de gusto.
A fin de hacer honor a la producción del texto,
todo lector debe comprometerse, aplicando a fondo sus facultades,
a corresponder con una producción recíproca: la lectura
argumentada y fundada.
El nivel más profundo de lectura, que se consuma en
la objetivación reflexiva, propicia que la producción textual,
la Literatura, en sentido amplio, se cumpla a sí misma como modo
social de producción, esto es, que forme parte de un continuo.
Las instancias de ese continuo son incesantes procesos de
decodificación, lectura y hermenéutica, que se aplican
productivamente. En palabras de Ansalone:
Leer es construir un nuevo significado para el
texto, renovable una y otra vez...
En conclusión, es posible establecer en una lectura
de un texto cuatro fases principales:
· La exploración
primaria
· La lectura
decodificadora
· La lectura
comprensiva
· La fase
hermenéutica o exegética (interpretativa)
La lectura como actividad
De hecho existe una frontera muy borrosa entre las
nociones de leer e investigar, toda vez que son
consideradas actividades. Se dirá acaso con razón que, a
primera vista, habría un matiz de intensidad o de profundidad,
lo que aún concediéndose, no vuelve menos imprecisa dicha
frontera: toda lectura que merezca de algún modo las fatigas que
trae consigo se inscribe de hecho en un proyecto más o menos
definido de investigación. Se dirá con más razón aún que una
investigación comprende actividades de distinta naturaleza que
la lectura. Pero también es cierto que toda investigación
incluye de hecho, lecturas, tanto si se entienden éstas en
sentido estricto o si se la comprende en un campo de
significación algo más vasto.
De todos modos, las fases iniciales de una lectura,
suponen actividades de investigación o exploración.
Esta exploración reconoce, fija y memoriza los rasgos
principales del texto que abordamos. Tales rasgos principales
son, al menos en primera instancia: el autor o autores, el
título o encabezado, el tipo de texto, una categorización
global de su contenido, una apreciación primaria de su
extensión y calidad y una inicial opinión de interés o
apreciación de una posible perspectiva de lectura. Estos rasgos
suelen asimilarse con relativa rapidez, integrarse de un modo
inmediato al peligroso territorio de lo obvio, y luego olvidarse.
La facultad de memorizar es, a pesar de su
injustificada mala fama, una magnífica y muy calificada
capacidad que deberíamos honrar con actividades que optimicen su
desempeño. Así, es más útil que intentar memorizar un dato
aislado, recordar o fijar una ruta de acceso. Este breve
comentario intenta justificar la sugerencia que los datos o
rasgos principales de un texto pueden fijarse de manera más
operativa si se adquieren ciertos hábitos o rituales y se
realizan ciertas actividades que tracen caminos de acceso a un
conjunto orgánico y sistemático de datos sobre lo leído. Lo
que se sugiere aquí, concretamente, es la confección habitual
de fichas de lectura.
De una exploración primaria del texto resultará,
aparte del conjunto de aspectos primarios detallado antes, un
conjunto dado de términos o conceptos que deben ser tenidos en
cuenta para acertar en su sentido contextual. Así, un examen
algo detenido del texto indicará con mayor o menor claridad el aura
conceptual[3] que rodea la lectura de un texto dado.
Complementariamente, el texto nos inducirá a preguntarnos por el
autor[4], sobre el lugar y la fecha en que se escribió el
texto original; sobre la inserción de la obra en un contexto
cultural determinado. Una buena lectura se sustenta, en no poca
medida, en una adecuada contextualización.
Estas consideraciones apuntan a sugerir que de un
modo u otro, la lectura de un texto implica, de hecho
la remisión a un conjunto de otros textos, que colabora
activamente en la lectura del principal. También sugiere que la
lectura de un texto puede, de hecho inscribirse como
una instancia particular de un plan general de lectura.
Jugar, en el contexto en que, con gravedad y
circunspección pretendemos administrar las arduas fatigas de la
comprensión lectora, puede parecer una propuesta pueril. Ni leer
ni jugar son pueriles en sí mismos: menos pueril aún es
considerar el juego que supone la lectura.
Si uno lee un poema y no le dice nada
puede intentar leerlo en voz alta _exigiendo a fondo sus
capacidades histriónica y musical_; comprobará entonces si
luego el poema dice o no dice. Si el juego es hábil
y el poema vale, entonces y simplemente, el poema se ha leído
cabalmente y la Poesía acaba de demostrar la validez de su
existencia. Si tal no es el caso, puede intentarse con otro
hasta que se encuentre, tal vez, la celebración del acto de
hablar que entraña un poema.
A menudo los textos enuncian proposiciones generales
o abstractas y en el discurso, el autor ilustra con ejemplos.
Puede jugarse a ejemplificar de otra manera, puede intentarse
deducir de lo ilustrado otra proposición. Sólo el juego, si se
implica uno en él, logra que un texto se realice en lo que vale:
fundamento de una lectura activa.
En el fondo, la dicotomía entablada entre el juego
y lo serio se corresponde simétricamente con la dicotomía entre
el placer y el trabajo. Pero la lectura puede ser, más que
un trabajo penoso, una labor disfrutable. Entonces, como
labor, la lectura, incluye legítimamente instancias de juego,
las que concurren activamente en la tarea de desentrañar el
sentido.
Un texto, entendido de un modo usual y muy general
del término, es una realización del lenguaje verbal. Un
ejercicio útil para sacar partido de las capacidades propias del
lector es intentar traducir un texto _o un pasaje
determinado de éste_ a lo que se podría denominar un lenguaje
gráfico-plástico. Sin mucha dificultad podemos recordar
nuestras actividades escolares, en donde la maestra nos desafiaba
a ilustrar una narración. Por supuesto, el lenguaje
gráfico-plástico tiene muchas posibilidades más que la mera
ilustración.
La esquematización es, en general, un
primario intento de traducir un texto en un gráfico sencillo, en
donde el orden o la disposición ilustra sintéticamente la
estructura del original. Los grafos léxicos o conceptuales[5]son esquemas
más elaborados en el lenguaje gráfico plástico y, quizá,
instrumentos más potentes para no sólo captar, por ejemplo, una
estructura argumentativa, sino también, para contribuir
activamente a desentrañar y discutir el sentido del texto
original.
En realidad, leer y escribir no son meramente
actividades recíprocas y opuestas en su relación, sino que son
dialécticamente complementarias. La escritura del
autor se complementa con la lectura del
lector, la que supone una apropiación: en el fondo,
también una forma de escritura. El lector comprometido con su
texto deviene autor del texto original. Una exposición
especialmente brillante de esta tesis es el relato de Jorge Luis
Borges Pierre Menard, autor del Quijote.
El humilde y habitual ejercicio del subrayado jerarquizando
palabras, frases o párrafos es, de hecho, una reescritura:
un texto subrayado es un texto leído de una manera. El
testimonio está en el propio resultado: en el texto hay una
jerarquía gráfica (que se corresponde con una jerarquía
conceptual) que no existe en el texto original.
Algo similar sucede con la transcripción literal o
sinopsis de fragmentos del original. La fragmentación del texto
es una escritura propia de una lectura. La escritura de
estos textos fija ciertos contenidos del original de manera
distinta a la simple lectura integral y secuencial. El contraste
entre esta nueva escritura y el texto original también ayuda
activamente a dominar su estructura global. Esto sugiere,
además, que se puede intentar conferir una forma propia a los
fragmentos transcritos y compararla con la forma del original, y
con el orden propio de una exposición: ¿Cómo presenta
el texto original el tema? ¿Cómo lo desarrolla? ¿Cómo
lo argumenta? ¿Cómo lo ilustra? ¿Qué concluye?
Resumir un texto implica también operaciones
de escritura. Por cierto, el subrayado y la sinopsis son
instrumentos distintos del resumen. El subrayado y la sinopsis
son reescrituras del texto leído; un resumen es un
texto propio producido por un lector en una lectura dada. Por
ello, la lectura de un resumen realizado por un tercero nunca se
equipara con la lectura de un original: resumir una lectura es un
trabajo personal e intransferible.
Un texto leído no se agota necesariamente en un
proceso unidireccional de emisión de un mensaje, que
promueve una escritura, que determina una decodificación y que
resulta en una interpretación. También el texto importa en la
lectura por lo que omite decir, por las variantes estructurales
de la exposición, por las modalidades estilísticas y también
porque, siendo la escritura una perspectiva, muestra cómo puede
abordarse un tema, lo que implica necesariamente que no es el
único punto de vista posible. Discutir el texto es el juego
propuesto por la literatura como producción social. Una tesis
convincente es un soporte posible a una argumentación derivada
por el lector. Una tesis no persuasiva es un desafío para
plantear alternativas: de enfoque, de crítica argumentativa, de
producción de otros discursos.
En realidad, un texto, en las innumerables lecturas
a que se somete dice quizá mucho más de lo que el propio autor
hubiese querido decir. El lector es un autor. Pero, hay
que decirlo, un lector es un autor de lo que produce y
ésta producción es precedida por acciones eficaces. Algunas
sugerencias sobre qué instrumentos pueden utilizarse y sobre
qué acciones concretas pueden realizarse se describirán
sumariamente en los capítulos que siguen.
En la Revista de la Educación del Pueblo[6] se
compendia un conjunto de instrumentos para la lectura, que vale
tener en cuenta:
a) El cuadro sinóptico
b) El mapa semántico
c) El análisis de rasgos semánticos
d) El mapa conceptual
e) El aura conceptual.
En general, estos instrumentos, y las actividades
implicadas en su aplicación, tienen en común ser instancias
tácticas de la lectura entendida como estrategia, esto es, como
una práctica que se objetiva en producciones. Estas producciones
testimonian y dan forma explícita a la relación
activa entre el lector y el texto.
En el artículo citado se define el cuadro
sinóptico como:
... un organizador gráfico que se emplea desde
mucho tiempo atrás para la presentación visual ordenada de los
distintos puntos que se abordan en el tratamiento de un tema. Las
sinopsis son casi siempre listas de conceptos presentados en una
secuencia vertical, por lo que ofrecen una visión limitada de la
compleja organización del tema tratado.
(Revista de la Educación del Pueblo, cit.)
El mapa semántico es un dispositivo gráfico que
ayuda a percibir la relación entre palabras, de modo que su
empleo se vincula con el desarrollo del vocabulario, con las
estrategias de comprensión lectora y con las técnicas de
estudio. (Revista de la Educación del Pueblo, cit.).Un
ejemplo simplificado de este mapa semántico es
éste, realizado por niños de una escuela del barrio de la
Unión.

Hay que observar que la denominación de mapa
semántico, dominante en la literatura pedagógica, es algo
incorrecta porque:
l) No se trata de un mapa, que es un
figura confeccionada metódicamente de alguna cosa que tiene
forma. Si a algo se parece, con cierta legitimidad, es al
dispositivo desarrollado por la ciencia topológica denominado grafo.
Un grafo es una estructura postulada por el análisis, en donde
ciertos puntos denominados nodos se vinculan entre sí con lazos,
que objetivan ciertas relaciones entre los nodos.
2) Este grafo, en principio, no es necesariamente
semántico. En el ejemplo del artículo, la noción problemática
y algo compleja de nuestro barrio aparece relacionada
en una forma aproximativa, primitiva y no jerarquizada con
elementos que aparecen como experienciados por los alumnos: el
sentido de la locución nuestro barrio (si éste es
el propósito del ejercicio) surge de la aclaración reflexiva
del contenido diferenciado que pueden tener los lazos del grafo.
En función de estas consideraciones, parece más
adecuado denominar a este instrumento, grafo léxico.
Lo cierto es que un mapa semántico o
grafo léxico consta de:
· Un término central, esto es, una
palabra- problema o la formulación del quid de la situación
problemática, la formulación condensada y cabal de lo medular
del asunto, hacia lo que se dirige la atención.
· Un conjunto de palabras (asociables
de distinto modo con el término central).
· Una red de relaciones o lazos
diferenciables.
Esta esquematización conforma de un modo concreto y
primario un soporte gráfico de un procedimiento hermenéutico o
interpretativo y testimonia en sí una exploración que busca
conferir forma conceptual a nuestras nociones. Cuando este grafo
léxico se estructure como grafo conceptual tendremos una
forma para ser contrastada con la estructura
conceptual de un texto. En todo caso, no hay que olvidar en
ninguna circunstancia que el grafo, tanto léxico como conceptual
es una figura de una lectura, no del texto.
El análisis de rasgos semánticos es un proceso
de comparación que ayuda a distinguir matices de significación.
Para realizarlo se elabora una tabla o cuadro de doble entrada:
en un eje del cuadro se anotan diferentes ejemplos de la
categoría estudiada, y en el otro eje, distintas
características que pueden ofrecer o no cada uno de los ejemplos
dados.
(Revista de la Educación del Pueblo, cit.).
El ejemplo escolar del artículo citado analiza la
categoría asientos, distinguiendo semánticamente
entre los registros (silla, taburete, sofá, banco escolar,
sillón), detectando la presencia positiva o negativa de rasgos
en cuatro campos diferentes.
| |
para una persona |
con respaldo |
de madera y tela |
se puede hamacar |
| SILLA |
+ |
+ |
|
|
| TABURETE |
+ |
|
|
|
| SOFÁ |
|
+ |
+ |
|
| BANCO ESCOLAR |
|
+ |
|
|
| SILLÓN |
+ |
+ |
+ |
+ |
A diferencia de los organizadores mencionados
anteriormente, que ponían el énfasis en la precisión del
vocabulario empleado como forma de abordaje más ajustado al
concepto, los mapas conceptuales intentan ubicar a cada concepto
en una red que establece sus relaciones y su jerarquía con
respecto a otras nociones.
De este modo todo mapa conceptual debe ser un
diagrama jerárquico que revele la estructura del conocimiento
sobre un tema, un artículo, una disciplina, etc. Dicha
estructura puede admitir más de una representación de
modo que todo mapa refleja sólo una de las posibles formas de
organizar el conjunto de conceptos, aunque podamos juzgar a
alguno como más aceptable que otros.
(Revista de la Educación del Pueblo, cit.).
Un ejemplo de mapa conceptual es el
ilustrado en el artículo citado en referencia al concepto
general de precipitación atmosférica

Al igual que en el caso del mapa
semántico, señalaremos que esto es más un grafo que un
mapa. La principal diferencia es que las
posibilidades del lenguaje gráfico posibilitan la
jerarquización y la diferenciación de los vínculos o lazos: el
ordenamiento no es ya de meras palabras sino de
conceptos; es posible la regionalización categorial y la
esquematización de ciertas estructuras conceptuales. El manejo
creativo de los recursos gráficos, lógicos y matemáticos hace
posible una esquematización que configure una expresión
lingüística alternativa y reflexiva frente a la expresión
verbal. En función a estas consideraciones, quizá sea más
adecuado designar este instrumento como grafo o esquema
conceptual.
En el artículo citado se señalan tres usos
fundamentales para estos mapas o grafo- esquemas
conceptuales:
· Como instrumento de enseñanza
· Como instrumento de evaluación de
aprendizaje
· Como instrumento para el análisis y
planeamiento del currículo
Todo concepto pone en relación diferentes
fenómenos que se reagrupan por medio de algunos caracteres
comunes. A la vez el concepto ya estructurado puede ser un punto
de partida de nuevas interrogantes.
Giordan y de Vecchi (Los orígenes del saber,
Sevilla, Díada Editora, 1988) sostienen la opinión de que los
conceptos no pueden elaborarse unos aislados de los otros ni por
acumulación de sus conceptos [sic]; por eso propugnan
modos de interpretación del conocimiento y presentan un recurso
didáctico, que atiende a la vastedad del campo conceptual que
rodea a toda noción.
Dichos autores llaman aura conceptual al conjunto
de ideas periféricas que es imprescindible manejar para acceder
a una mejor comprensión del tema tratado.
(Revista de la Educación del Pueblo,
cit.)
Los autores presentan como ejemplo de aura
conceptual de la noción de aparato digestivo.
Conceptos biológicos
·
Órgano
·
Aparato
·
Función
·
Medio interno
·
Unidad del organismo
·
Músculo
· Secreción,
etc.
· Conceptos físicos
·
Estados de la materia
·
Presión
·
Filtración
· Disolución,
etc.
· Conceptos químicos
·
Cuerpos simples y compuestos
·
Moléculas
·
Reacción química, etc.
· Conceptos de naturaleza
psicogenética
·
Tiempo, fases
·
Conservación de la materia
·
Causalidad, etc.
Sugerir un protocolo de lectura es una
expresión prudente que intenta ajustar aquello que en ciertos
textos que se ocupan de los problemas de comprensión lectora y
técnicas de estudio tienden a caracterizar como método de
lectura. En realidad, hay lectores y lecturas con sus
métodos más o menos eficaces en la medida en que esos sean
apropiados a cada uno y por cada uno. Estas
sugerencias pueden resumirse en dos puntos:
· Existe, de hecho
una metodología general de la lectura y existen métodos
adaptados a cada lector y sus circunstancias
· Pero, en el fondo,
sólo un método hecho propio por el lector es cabalmente
eficaz.
Miguel Salas Parrilla (1990)[7] indica las líneas
generales de una secuencia ordenada de acciones. Son siete fases
o pasos:
1. Exploración
2. Lectura
3. Subrayado
4. Esquematización
5. Resumen
6. Recuerdo
7. Repaso
Seguiremos aquí, en líneas generales esta
secuencia. Intentaremos combinar aquí lo que en las secciones
anteriores se expuso como argumento. Esto es, si antes se ha
procurado caracterizar teóricamente el qué de la lectura
(lo que implica como problema y como actividad), ahora se
procurará definir operativamente cómo puede actuarse.
Una primaria exploración del texto consiste en
extraer cierta información básica. Si se trata de un libro, hay
que fijar la atención en principio a la portada o tapa, a su
extensión, a sus partes (prólogo, desarrollo, índice,
bibliografía, informaciones en la contratapa y en las solapas).
Si se trata de una revista o publicación periódica hay que
atender al nombre de la publicación, el lugar de origen, el
número y la fecha de publicación.
Esta información básica ha de ser contrastada con
un plan de lectura. Un plan personal de lectura puede ser
en principio tan amplio como lo condicionen nuestros intereses a
largo plazo, pero, además, debe tener en cuenta las
solicitaciones que provengan de las actividades que nos ocupan a
mediano y corto plazo. Confeccionar planes de lectura supone
anticipar y proyectar un elemento importante de un plan general
de investigación.
Para realizar mi plan general de lecturas tengo que
disponer de un orden lo más amplio y riguroso posible. Cada uno
puede inventarse el que mejor le convenga, por supuesto, aunque
hay que hacer notar que cuando se inicia la labor de su
confección no se tiene una idea siquiera aproximada de su
desarrollo. En mi caso, luego de desechar la posibilidad de la
simple suma de planes de lectura propios del currículo
académico, adopté como elemento ordenador general el Sistema de
Clasificación Decimal de Dewey. Este sistema es el utilizado
para ordenar los libros y publicaciones de la biblioteca de esta
Facultad. Es un sistema concebido especialmente para el tipo de
biblioteca semipública que franquea a los usuarios el acceso a
los anaqueles. El sistema intenta registrar un orden posible para
el conocimiento universal.
Tiene una estructura bastante sencilla que clasifica
en principio la totalidad del saber humano en diez categorías
principales, las que se subdividen según el sistema decimal. Las
diez divisiones principales son:
| 000 |
Diccionarios y enciclopedias |
| 100 |
Filosofía |
| 200 |
Religión |
| 300 |
Ciencias sociales |
| 400 |
Lenguaje |
| 500 |
Ciencias exactas y naturales |
| 600 |
Tecnologías |
| 700 |
Arte |
| 800 |
Literatura |
| 900 |
Historia y geografía |
Como ejemplo, algunas de las secciones que suelo
frecuentar son
| 701 |
Teoría del arte |
| 701.17 |
Estética, considerada una subdivisión de
la teoría del arte. |
| 720.1 |
Teoría de la arquitectura |
| 724 |
Arquitectura moderna (se entiende como tal
la arquitectura desde el Renacimiento a la actualidad) |
| 724.91 |
Arquitectura moderna (el siglo XX) |
En la propia biblioteca, los funcionarios suelen
asesorar con excelente actitud acerca del sistema. Por mi parte,
tengo a mi disposición un sistema de clasificación estructurado
en función a mis intereses y que me orienta, por ejemplo en
cualquier otra biblioteca que use este sistema. Desde el punto de
vista del usuario, comprender y usar el Sistema equivale al
conocimiento cotidiano del nomenclátor de nuestro barrio y
cumple los mismos cometidos: orienta. Así, se dispone de
un orden amplio para disponer los datos en una lista de lecturas
general, la que incluirá, por definición todos los planes de
lectura parciales. Por otra parte, el mismo sistema es útil para
archivar los apuntes de lectura.
Los datos mínimos que deben incluirse en toda lista
o plan de lectura se integrarían en lo que puede denominarse mención
bibliográfica. Esta mención bibliográfica sustituye
operativamente un vago recuerdo tal como aquel mamotreto de
tapas grises que vi en cierto anaquel de la biblioteca. La
mención bibliográfica es, por lo menos una anotación del tipo:
Autor/ Título (año). Biblioteca de origen:
número de clasificación.
Por ejemplo
Norberg-Schulz, Christian/ Espacio, tiempo y
arquitectura. (1971)
BFA: 711.09 N822
Una mención algo más completa (que me orienta
hacia una posible adquisición, por ejemplo) es:
Norberg-Schulz, Christian/ Espacio, tiempo y
arquitectura. (1971) Editorial
Blume, Barcelona, 1975. BFA: 711.09 N822
Con esta mención se dispone de una ruta de acceso
precisa sobre el autor, el título (y lo que éste puede
anticipar sobre el contenido[8]), la fecha (entre
paréntesis) en que fue publicado originalmente, el lugar en
donde se guarda en la biblioteca y los datos editoriales que nos
ayudarán a ubicarlo en una librería. Puede complementarse con
otros datos útiles, como la librería donde lo hemos visto,
quién lo recomienda, por quién y en qué lugar esta citado,
etc.
La exploración primaria de un texto permite recabar
aún más datos que orienten la lectura. Un rápido examen del índice
me da informaciones sobre la estructura del texto, sobre el orden
y alcance de la exposición, sobre las expectativas que pueda
tener al leerlo. La bibliografía ofrece importantes
informaciones sobre las fuentes consultadas y los precedentes del
texto de referencia. Una breve introducción o prefacio
suele contener la presentación de lo central del tema tratado o
de la especificidad del punto de vista con que se lo aborda.
De esta manera, la fase exploratoria resulta en un
conjunto de actividades de búsqueda y disposición de datos que
dan un lugar definido al texto y apoyan objetivamente la
motivación, toda vez que se entiende esta lectura en un plan
coherente de lecturas. Los aspectos subjetivos de la motivación,
por su parte, condicionan el interés previo, la presunción
previa de tiempo y dedicación que deberá prestársele y qué
lugar ocupa ese texto en una escala jerarquizada de prioridades.
Una primera lectura debería consistir _al menos
teóricamente_ en un seguimiento lineal del texto en toda su
extensión con lo que apreciar éste en sus grandes rasgos y,
sobre todo, registrar el seguimiento global del discurso.
En ocasiones, puede suceder que un término no
conocido suponga un obstáculo para entender una frase o
párrafo. Tal obstáculo sólo se sortea con la ayuda de
diccionarios, sean generales (como el de la Real Academia
Española de Letras o similares); o diccionarios bilingües; en
ciertos casos, hay que consultar léxicos especializados
(diccionarios filosóficos, técnicos, etc.). También es cierto
que interrumpir la lectura con frecuentes consultas no sólo es
fastidioso, sino que conspira contra el seguimiento del texto
principal. Si abundan los términos cuyo significado desconoce,
quizá sea preferible calificar su aura conceptual
con otros textos antes de abordar éste. Los portales
más genéricos a los saberes más específicos suelen
denominarse Enciclopedia, Introducción a..., Manual de...
y otras denominaciones por el estilo.
Algo más insidioso es el problema planteado por
muchos textos en que el autor emplea términos que creemos
conocer bien. También aquí corresponde tanto la consulta a los
diccionarios como la autocrítica acerca de nuestra aura
conceptual capaz de contextualizar la lectura en un entorno en
donde nos percatamos desde dónde el texto dice lo
que dice.
Lo usual es que un lector entrenado, con razonables
motivaciones, llegue a leer un texto cuando disponga del aura
conceptual acorde para abordar la lectura y de una
contextualización apta para conseguir un seguimiento fluido.
Generalmente, sorteará los obstáculos terminológicos con
ciertas hipótesis provisorias (pero tomará nota de sus dudas).
Seguramente tomará nota del sentido global del texto, así como
de ciertos pasajes relativamente interesantes o arduos y de un
conjunto de términos, conceptos o nociones que deberá
reconsiderar. En tal caso, al menos, el lector tendrá una
razonable idea primaria del contenido, tendrá una inicial
perspectiva de lectura y habrá fijado de alguna forma una
primaria relación con el tema tratado.
Si su seguimiento es eficaz, es posible que jerarquice,
esto es, que diferencie términos, frases o párrafos que le
resulten relativamente más esclarecedores o interesantes (o, por
el contrario, intrincados o de difícil comprensión). Es posible
que distinga, en un discurso coherente, cuándo el texto presenta
o introduce un tema, cuándo lo desarrolla, lo ilustra o
ejemplifica, cuándo el texto argumenta o discute y qué
concluye. De acuerdo con una legítima perspectiva, es posible
intentar operaciones de lectura activa, que puede implicar
operaciones de escritura como el subrayar.
Hay que partir de la base que tal operación supone
un deterioro del soporte físico del texto: no se deben subrayar
los libros ajenos ni aún los propios _si se considera que otras
personas puedan leerlo después_: es preferible realizar el
subrayado sobre fotocopias. Un texto subrayado es un texto intervenido
por una lectura: se jerarquiza gráficamente en función a una
lectura específica y no a la escritura original.
Hay subrayadores de todas las especies:
· Los que subrayan
los términos que no conocen (mejor harían anotándolos en
cualquier papel aparte)
· Los que colorean
páginas enteras (sería preferible copiar el o los fragmentos en
apuntes propios)
· Los que transforman
una sobria página en negro sobre blanco en una carta de colores
(hay mejores usos para el talento gráfico-plástico)
· Los que, con un
criterio básico de procedimiento, distinguen lo
central (marcado) y lo periférico (no
marcado).
Esta última especie es, por cierto, la menos
bárbara de la populosa tribu de los subrayadores. Suponer varios
niveles jerárquicos con un recurso tan primitivo como el
subrayado es acometer una empresa algo vana (por ejemplo, se
marcaría con rojo lo principal, con azul lo
secundario, con amarillo lo terciario y
así hasta aprovechar toda la paleta).
Naturalmente, las actividades de reescritura no se
agotan en el subrayado: en realidad, no hacen más que comenzar.
Procedimientos mucho más elaborados _y por ello con más
posibilidades de aprovechamiento_ son: las fichas de lectura,
los cuadros sinópticos y los resúmenes.
Una ficha de lectura (antecedida por una mención
o una ficha bibliográfica) es una sucesión ordenada de
transcripciones literales de fragmentos seleccionados por una
lectura.
Cuando he explorado sumariamente un texto e inicio
su lectura, suelo tener a mano una hoja cualquiera _que oficia de
marca libros_ en donde voy anotando las páginas en donde he
encontrado un pasaje que me interesa transcribir, acompañada por
las primeras palabras del párrafo o frase en cuestión.
Luego de concluir con la lectura de conjunto, puedo
pasar a la confección de la ficha de lectura. El
encabezado de ésta suele consistir en una ficha
bibliográfica que sigue _a grandes rasgos_ la disposición
típica de las fichas realizadas por los bibliotecólogos. Allí
se consigna:
1. El autor o
autores
2. La
procedencia y clasificación, si la hubiese
3. El título y
el subtítulo
4. La fecha de
publicación original
5. Las
referencias bibliográficas del texto consultado
6. Los datos
sobre la edición original
7. Los términos
claves o áreas temáticas tratadas
8. La ubicación
en el archivo de esta ficha o de otros documentos aplicados a la
lectura de este texto.
9. La fecha de
lectura.
Por ejemplo:
| Baudrillard, Jean (1) |
(2) BNC 100 BAU 2 |
|
(4) 1968 |
El sistema de los objetos (3)
|
|
| |
México, Siglo XXI, 1969 Decimoquinta ed.: 1997 (5) |
|
| |
Traducción del francés Le système des
objets, Gallimard, Paris, 1968 229 pp., s/ il., s/bibl. (6) |
|
| |
Filosofía, análisis estructural.
(7) |
|
| (9) 11- 00 |
100/ Baudrillard, J./ El sistema...
(8) |
|
La ficha de lectura propiamente dicha prosigue
transcribiendo la página citada, un título atribuido, y el
fragmento copiado literalmente, en la extensión que se juzgue
conveniente. El ejercicio de otorgar un título al fragmento es
una tarea importante para fijar el contenido del texto
seleccionado. Hay que observar aquí que una lectura
origina una posible ficha, la que registra una base mínima para
confrontar el texto con un lector en una circunstancia
determinada. Así considerada, una ficha de lectura supone una
condensación del texto original en una serie de fragmentos
seleccionados en función al interés relativo que destaca una
lectura.
Ahora bien, el sentido global del texto
original es una función del texto en su conjunto, y no, por
cierto, del conjunto de fragmentos que un lector seleccione. Si
es necesario intentar dar cuenta de este sentido global, entonces
hay que realizar otras acciones con la lectura, por ejemplo, la
confección de un cuadro sinóptico. Un conjunto de
fragmentos de un texto sólo registra una jerarquización que una
lectura ha realizado, distinguiendo elementos
centrales y periféricos. Esta jerarquía
no tiene que coincidir, necesariamente, con las ideas principales
y secundarias del texto.
Aún con estas salvedades, si el lector conoce
adecuadamente el tema tratado y si la obra está adecuadamente
contextualizada, en general y con aproximación variable, habrá
cierta correspondencia entre lo que el lector caracteriza como centro
y lo que el texto tiende a señalar como idea principal.
Según Salas (Op. cit.:82s), existen ciertos
criterios para tender a reconocer las ideas principales en un
texto. Así, una idea principal expresa la afirmación más
general; esto es, la que abarca y da sentido
a las demás ideas del párrafo. Un segundo criterio
señalado por este autor, es que lo que se detecta como idea
principal afirma lo más importante e imprescindible; si
se suprime esta idea, el párrafo queda incompleto, con sentido
parcial o anecdótico. También anota Salas que una
idea principal suele indicarse explícitamente en su condición:
en los textos de estudio es frecuente ver expresiones como en
resumen o lo más importante, etc. También suelen
utilizarse marcadores gráficos como las negritas
o las cursivas. Finalmente, es posible encontrar la idea
principal de un período dado si se juega a interrogar al texto
sobre qué es lo que dice.[9]
Un cuadro sinóptico o sinopsis es una
instancia más maduramente elaborada de las actividades de
lectura. Se elabora a partir del dominio del conjunto del
texto. Si en una ficha de lectura nos contentamos con registrar
una sucesión mínimamente razonada de pasajes importantes, en
una sinopsis ordenamos los registros según un orden que da
cuenta de aquello que el texto dice y cómo lo dice. Muy
globalmente considerado, cómo presenta su contenido,
cómo lo desarrolla (esto es, cómo enuncia, argumenta,
ilustra, compara, discute, etc.) y qué concluye.
La estructura del cuadro sinóptico tiende a dar
cuenta de la estructura general del texto. En este sentido, debe
diferenciarse lo que es una sinopsis de lo que es un resumen.
Un cuadro sinóptico es un seguimiento de la estructura del
texto y no supone una condensación.
En cambio, el resumen según Salas (Op.
cit.:98) supone una operación distinta al seguimiento
estructural.
Resumir es condensar un
texto, de forma que no falte ninguna de las ideas importantes del
mismo y se mantenga la estructura argumentativa.
Las ideas han de expresarse con brevedad,
pero sin perder la claridad expositiva, y han de relacionarse
las anteriores con las posteriores y las principales con las
secundarias. [...]
Cuando el resumen está elaborado con las
palabras del autor, se le denomina propiamente resumen;
y, cuando se hace con las propias, se le denomina síntesis.
A la vista de lo expuesto, el concepto de resumen
indica una labor de reescritura o postescritura mucho más
comprometido que los anteriormente descritos. La entidad de tal
compromiso hace aconsejable disponer antes de otros recursos
técnico-instrumentales.
Una adecuada lectura no sólo detecta jerarquías de
elementos; también pone la atención en ciertos pasajes que no
sólo son relativamente importantes, sino que constituyen el quid
de la exposición. En definitiva, la comprensión cabal de un
texto supone en gran medida identificar y entender este quid.
A veces la formulación verbal de estos pasajes es algo ardua.
Por ello, es aconsejable intentar la esquematización.
La esquematización como instrumento y
actividad implica distintas habilidades, supone una labor
concreta de análisis reflexivo, y resulta en dispositivos que
fijan los contenidos de una manera alternativa y
mnemotécnicamente eficaz.
En nuestra Facultad de Arquitectura se promueve
activamente al estudiante para que desarrolle al máximo sus
recursos gráfico-expresivos. También la lectura es un ámbito
en que puede explotarse con provecho tales recursos. Quienes
analizan las técnicas de escritura subrayan el papel que a la
esquematización le cumple en la preparación estratégica de un
texto. Más o menos formalmente, el autor esboza un esquema de su
tema, lo corrige, lo amplía, lo restringe (y todas las
operaciones que es dable imaginar) con el uso de gráficos. Una
vez que la lectura ha identificado el quid del texto,
intentar descubrir el esquema que lo origina suele ser muy útil
para fijar contenidos y para poder elaborar reflexivamente lo
leído. Intentar la esquematización supone, en el fondo,
desandar el proceso de la escritura.
A diferencia del lenguaje verbal, que tiene un vasto
y coherente conjunto de reglas, el lenguaje gráfico-plástico
carece, en principio, de un número suficiente de
éstas como para que puedan definirse directivas
rigurosas: el lenguaje de los esquemas hay que inventárselo uno
mismo y si uno los entiende, entonces son válidos.
En mi caso, suelo ensayar las modalidades de
esquematización denominadas anteriormente como grafos
conceptuales. Siguiendo las convenciones de la topología, y
en particular ciertas instrumentaciones de ésta en la
metodología proyectual, suelo asignar a los conceptos una
región (denominada nodo) y a las relaciones que los conectan,
lazos. También suelo incorporar las convenciones del lenguaje
lógico formal. Dado que no existe, de hecho, una
gramática gráfico-plástica, los esquemas suelen
ser idiosincrásicos (sirven al enunciador-usuario más que a un
tercero). Sin embargo, es innegable que un esquema o grafo fija
de manera operativa una relación (y un esfuerzo) de comprensión
lectora, propia a una circunstancia y capacidad.
Una vez que al lado del texto, por así decirlo, la
lectura ha resultado en un conjunto más o menos formalizado de
reescrituras, y cuando se entienda que se ha conseguido una
lectura aceptable, puede acometerse la actividad de sintetizar
ésta. El papel que le cumple a esta instancia es conseguir dar
cuenta de un resultado; algo por el estilo de: este
texto, en mi lectura, dice esto, de ésta manera y puedo juzgarlo
críticamente de tal manera. De ninguna manera positiva
puede un resumen considerarse un punto final: en todo
caso, sería un punto y aparte. El tratamiento del tema inducirá
a ahondar en las cuestiones planteadas, implicará un conjunto de
motivaciones para obtener más información contextualizadora
(sobre el autor, sobre el texto, sobre el tema, acerca de las
tesis alternativas, de las consecuencias, de los antecedentes,
etc.), supondrá asimismo un conjunto de saberes que promoverá
nuevas lecturas (o incluso el abandono de ciertas líneas de
investigación...)
Acerca de qué es un resumen sólo cabe
remitirse a lo descrito en el apartado anterior. Hay que insistir
en que un resumen o síntesis es una escritura, una producción
propia de un lector y de una lectura. No sustituye en ninguna
medida el texto original. Por ello, el resumen de un tercero _sea
cual sea su calidad_ no nos exime de la lectura propia. Es nuestra
lectura la que promueve y exige nuestro resumen.
Como punto y aparte que es un resumen, queda por ver
cómo se dispone, cómo se ajusta el plan de lecturas general y
particular. Esto sugiere que los documentos que registran las
lecturas, convenientemente dispuestos pueden servir para mucho
más que un apoyo en un lapso dado de una lectura puntual o
específica. Convenientemente archivados pueden ser objeto
de consulta y ajuste constante, tanto para repasar los
contenidos, para colaborar con las relecturas acaso necesarias,
así como otras futuras investigaciones.
No es posible señalar una meta definitiva y
absoluta para una lectura particular (la lectura como actividad
metódica sólo podría representarse acaso como una espiral en
continua expansión). Sin embargo, se puede señalar, como hito
especialmente señalado en este camino o proceso, la fijación
relativa de un resultado de la lectura. Lo que resulta de
la lectura, al menos en lo que puede objetivarse, entraña una evaluación.
Evaluar supone someter a examen y a medida un
resultado. Implica operaciones complejas de análisis y de
síntesis. Aquí sólo se indicará, a título de sugerencia, lo
que parece ser un patrón mínimo que debe ajustarse a
cada circunstancia particular. Esto sugiere que este patrón
puede y debe adaptarse a todas las variables que afectan al
contexto de la lectura: qué lugar ocupa una lectura particular
en un plan específico o genérico de lecturas, qué importancia
relativa tiene el texto, el autor o la temática desarrollada y
otras variables de circunstancia. Así, en términos muy
generales, una evaluación global que fije las instancias de recuerdo
y repaso podría formularse con un cuestionario como el que
sigue:
1. ¿Qué dice el texto?
2. ¿Quién lo dice?
3. ¿Dónde lo dice?
4. ¿Cuándo lo dice?
5. ¿Por qué lo dice?
6. ¿Para quién lo dice?
7. ¿Cómo lo dice?
8. ¿Desde dónde lo dice?
9. ¿Con qué intención lo dice?
[1] En Magisterio del Río de la Plata, año 10, Nº 1, Buenos Aires, 1995
[2] Adaptado en Marafioti, Roberto (ed.): Recorridos semiológicos. Eudeba, Buenos Aires, 1997.
[3] Véase el capítulo siguiente.
[4] Información biográfica, académica, profesional y todo el global etcétera que suele contener un artículo de una enciclopedia o, en ocasiones, la solapa de un libro.
[5] También llamados mapas semánticos o conceptuales. Véase capítulo siguiente
[6] Segunda época, Nº 54, Julio de 1993: pp. 47-56
[7] Técnicas de estudio para Secundaria y Universidad. Alianza, Madrid, 1999.
[8] Hay que tener en cuenta que, en ocasiones, un subtítulo complementa y aclara sustancialmente con respecto a éste. Un ejemplo es:
Eco, Umberto/ La estructura ausente. Introducción a la semiótica. (1968)
[9] En este párrafo, por ejemplo, la idea principal es
existen ciertos criterios para tender a reconocer las ideas
principales en un texto.